El fracaso del proyecto OLPC

Publicado por Fernando Bueno el 15 enero, 2008

El famoso ordenador de los 100 dólares que iba a introducir en la sociedad de la información a millones de personas del tercer mundo está siendo un rotundo fracaso. Lo está siendo porque ni cuesta 100 dólares, porque al final lo han comprado gentes que se dedican a especular con él, porque Microsoft se ha empeñado en meterle un sistema operativo que lo deja asfixiado, porque vender ordenadores a quienes necesitan con urgencia librarse de la malaria es una falacia y, sobre todo, porque ahora Intel y Nicholas Negroponte han roto relaciones y los primeros dejarán de fabricar el hardware que nunca llegó a su destino.

Las razones de esta ruptura son las mismas de siempre. Por un lado Intel tiene intereses económicos para la venta a esos países desfavorecidos de otro hardware que a ellos les resulta más ventajoso: El Classmate. Por esa razón, a la hora de llegar a un país para ofrecerles el llamado ordenador del tercer mundo, en vez de éste, les ofrecen otro que a ellos les resulta más rentable. ¿Y por qué es más rentable? Simplemente porque no tienen que compartir los beneficios con un socio incómodo que no deja de reclamar su tajada del negocio.

En un entreviste ofrecida por Negroponte a la BBC, declaró:

“Vendieron computadoras con su logotipo a exactamente las mismas personas con quienes nosotros habíamos conversado. Incluso después de que habíamos firmado contrato, tomaron contacto e intentaron persuadir a funcionarios gubernamentales de revocar el contrato y suscribir con ellos un nuevo acuerdo. Esto no es una conducta propia de un socio”

Y es que está claro: Ni los gobiernos, ni los políticos, ni mucho menos las multinacionales son organizaciones sin ánimo de lucro y dejar en manos de éstos cualquier proyecto para favorecer al igualdad entre las personas, está predestinado a ser un fracaso ya desde sus orígenes. Ara veremos si los excedentes de la producción del OLPC no acaban en las estanterías de los grandes almacenes para que compremos un ordenador a pedales, pero eso sí, con un precio muy superior a esos míticos 100 dólares.

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