Las doce y sereno

Publicado por Fernando Bueno el 27 septiembre, 2007

Ahora que está tan de moda eso de la memoria histórica y que en España están en estos días los políticos pactando a la carrera para poder aprobar la ley que regulará nuestros recuerdos de la historia pasada, quisiera aprovechar para recordar a un personaje de nuestra infancia (al menos de la de los que hemos pasado ya de los cuarenta).

Yo recuerdo que al volver a casa con mis padres, justo al llegar al portal, mi padre comenzaba a dar palmadas y gritaba: “Serenoooo”. Al cabo de un rato aparecía un buen señor, de aspecto un tanto estrafalario con un montón de llaves y haciendo sonar una garrota gonpeándola contra el suelo a medida que andaba. El señor llegaba junto a mis padres, departía unos momentos con ellos, abría con su llave la puerta de acceso al portal de mi casa y, tras despedirse, se alejaba con su peculiar andar mientras gritaba una cantinela: “las doooce y sereeeeno”.

Yo nunca entendí, y sigo sin entenderlo, por qué mis padres no tenían las llaves del portal de mi casa y por qué había que llamara a un señor para que nos abriera, pero lo que está claro es que antes andabas por las calles por la noche y la gente te saludaba, se respiraba una calma insólita en las calles de hoy, la gente paseaba por los parques en las noches de verano y veías familias enteras sentadas en las aceras, incluso de las grandes ciudades, disfrutando de una agradable conversación al fresco. ¿Sería todo eso gracias al sereno?

Hoy, cuando ya se habla de la web 3.0 y aún no sabemos que nos deparará la web 2.0, esa sensación de vivir de forma sosegada ha desaparecido hasta en el más recóndito de los pueblos de España. Ya pocos son los que sacan su silla a las aceras en las noches de verano, porque el ruido de los coches y la amenaza constante de la violencia urbana lo impiden. El chat ha sustituido a la charla amigable en la acera y chatear ya no consiste en salir a tomar chatos de vino en un bar. Ahora, tenemos conversaciones con gentes a quien nunca conoceremos. Nos enteramos de lo que ha sucedido al otro lado del mundo antes de saber lo que le pasa a nuestro vecino de escalera. Nos movemos por metaversos y participamos en charlas virtuales mientras desaparecen los cines de barrio. Nuestro hijos nos miran con cara rara cuando les hablamos de los cines de verano como un centro de reunión familiar al que íbamos a cenar y ver una película era la escusa para reunirnos con nuestros amigos mientras pasábamos una noche agradable. ¿Tanto hemos cambiado? ¿Tan distintos somos que necesitamos romper con nuestra forma de vida para parecernos cada día más a esas gentes de las películas, que pasan sus ratos de ocio comprando en un centro comercial? ¿Tan faltos estamos de imaginación que necesitamos depender de un montón de chatarra electrónica para poder pasar el rato?

Allá por los 70, una frase corrió por nuestras bocas: “Parad el mundo que quiero bajarme”, pero yo creo que esto ya no hay quien lo pare, porque hoy, a las doce, ya nadie está sereno.



Otros artículos que te pueden interesar:

Lo sentimos, pero los comentarios están cerrados.